Las Mujeres de la Isla: Nuestras Primeras y Mejores Gerentes

Cuando pensamos en «gerentes», solemos imaginar a personas en oficinas con computadoras y trajes. Sin embargo, si miramos hacia atrás, a la historia de nuestra amada Margarita, nos daremos cuenta de que las verdaderas pioneras de la administración no usaban maletines, sino alpargatas y delantales. La mujer margariteña ha sido, por necesidad y por ingenio, la primera gran estratega de nuestra tierra.

1. Administrar cuando no hay nada: La gerencia de la escasez

Históricamente, el hombre margariteño pasaba meses fuera de casa. Ya fuera por la pesca de altura o por la búsqueda de perlas, la realidad es que la mujer se quedaba sola al mando del barco familiar. Esto no fue solo «llevar la casa»; fue dirigir una verdadera empresa de supervivencia en un lugar donde el agua y la comida no sobraban.

Ella tenía que ser una experta en planificación. Imaginemos por un momento: debía calcular cuánto grano, cuánta sal y, sobre todo, cuánta agua dulce se necesitaba para que una familia entera sobreviviera seis o nueve meses sin saber con certeza cuándo regresaría el sustento del mar. Esa capacidad de anticiparse al hambre y a la sed es lo que hoy las universidades llaman «gestión de riesgos», pero nuestras abuelas lo llamaban simplemente «ser precavidas».

Además, no ponían todos los huevos en una sola canasta. Mientras esperaban el regreso de los pescadores, las mujeres diversificaban: tenían su conuco, criaban sus animales, tejían el cogollo y preparaban dulces. Si una cosa fallaba, la otra sostenía la economía del hogar.

2. No botar nada: La economía circular de antes

Hoy escuchamos mucho el término «economía circular», que básicamente significa no generar desperdicios y reutilizar todo. Pues bien, la mujer margariteña inventó esto hace siglos por puro sentido común. En una isla seca, botar algo era un pecado. El ejemplo más claro es el del maíz. Después de pilarlo y cocinarlo, nada iba a la basura. La tusa seca era el mejor combustible para mantener el fogón encendido sin gastar leña de más; las hojas servían para envolver la comida o alimentar a los animales; y hasta el agua que sobraba se usaba para las matas o el ganado. Todo volvía a la tierra o se transformaba.

Incluso fueron capaces de crear belleza y dinero de los desechos del mar. Esas flores delicadas hechas con escamas de pescado o los adornos con conchas de ostras son el ejemplo perfecto de cómo convertir un desperdicio en un producto de valor. Eso es gerencia pura: convertir lo que otros tiran en algo que genera bienestar.

3. La fuerza de la unión y el respeto a la tierra

La mujer de la isla nunca trabajó aislada. Ellas crearon las primeras redes de apoyo. Entre las empanaderas, las que vendían ostras y las tejedoras, existía una comunicación perfecta. Sabían quién tenía qué y hacían trueques inteligentes para que a nadie le faltara nada. Esa confianza mutua era su mayor capital. Además, tenían un respeto sagrado por los ciclos de la naturaleza. Sabían cuándo sembrar, cuándo cosechar y cuándo dejar que la tierra descansara, guiándose por la luna y el clima. No necesitaban manuales de sostenibilidad porque entendían que, si maltrataban la tierra o el mar, se quedaban sin el sustento del mañana.

4. Un legado que debemos honrar

Reconocer a la mujer margariteña como gerente es hacerle justicia a su inteligencia. Ella nos enseñó que administrar no es mandar, sino cuidar, prever y aprovechar al máximo lo que tenemos a la mano.

Hoy, cuando trabajamos por proteger nuestro patrimonio y profesionalizar nuestra gastronomía, lo que estamos haciendo es ponerle nombre técnico a una sabiduría que ellas ya practicaban. Nuestra meta debe ser seguir ese ejemplo: una gerencia honesta, que no desperdicia, que respeta la identidad y que, ante todo, sabe que el éxito de una comunidad depende de cómo cuidamos nuestros recursos y a nuestra gente.

Este artículo es un homenaje a la fuerza y la inteligencia de la mujer neoespartana, el verdadero motor de nuestra historia.

Por: Kimara Hernández de De Andrade

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