CRIMEN DE LESA GASTRONOMÍA

1.- Estos fueron los hechos…
A la comisaría principal del distrito veinte, de la Gran Ciudad, acudió presuroso a media mañana del jueves quince de marzo, el propietario de un afamado restaurante. Fue a denunciar, que muy temprano ese mismo día, empleados del primer turno de limpieza, se hallaron ante una horrenda escena.  En medio de un inmenso charco de sangre, yacía sobre el piso de la cocina el cuerpo de uno de sus chefs. La inspectora Rosy González y dos investigadores, apoyados en el informe del médico forense, comprobaron de inmediato in situ lo siguiente.
En cuanto a la víctima: Individuo de 28 años, en excelentes condiciones de salud. Había sido literalmente cosido a puñaladas. Unos seis golpes de cuchillo, causaron su muerte violenta, en un lapso comprendido entre las once de la noche, del miércoles catorce, y las dos, o como mucho, las tres de la madrugada del jueves quince de marzo.


En cuanto a la escena exterior del crimen: La seguridad del local es máxima y dotada con equipos de sofisticada tecnología. Contratada a empresa foránea. Muros elevados y cintas eléctricas cercan todo el perímetro. Cámaras captan y quedan registrados, quienes entran, salen y lo que hacen. No se produjo escalamiento, nocturnidad, ni fractura de ventanas o puertas. Se descartó así prontamente hipótesis de irrupción exterior. Por tanto, el homicidio fue cometido en el interior del local, y por persona o personas del interior del mismo.
Respecto a la escena interior del crimen, la inspectora Rosy González y los detectives, constataron absoluta normalidad en todas las áreas del establecimiento. Orden y aseo, reinaban en los vestuarios, baños, y sala de descanso. Idéntica pulcritud y correcta disposición de equipos, insumos, enseres e instrumentos de trabajo, imperaban en la vasta sala de faenas culinarias, donde se elaboran suculentos como delicados manjares. Calderos, cacerolas y sartenes, pendían de cadenillas, y los miraban resplandecientes, desde lo alto. Aquella visión de limpieza y armonía súbitamente se desvanecía, y marcaba desagradable contraste, con el desorden dominante en uno de los espacios extremos de la cocina. Allí estaban abiertos, rotos y volcados, los gabinetes de cuchillería, bandejas, tarros de especias, sales y esencias junto a frascos de vinagres y botellines de oportos, brandys y vinos. Un fortísimo aroma de salsa de soya y aceite de almendras, impregnaba el aire de aquel templo de alta gastronomía y cubría el cadáver, aún tibio, del joven chef asesinado.
                                                         
2.- Estos fueron los testimonios…
El primero en declarar fue el propietario del restaurante, quien fue él mismo, chef de cocina, durante muchos años. Dijo que la nómina del personal, era de toda confianza e irreprochable conducta. Tanto dentro como fuera del local. Todos los trabajadores eran seleccionados y puestos a prueba bajo rigurosos estándares de calificación. Se llevaban bien entre todos, excepto claro está, por las chanzas propias de la edad, y rivalidades nacidas en la práctica diaria de un oficio común. Tres de los principales cocineros, participaron recientemente, como invitados especiales, en programas de televisión. Master Chefs.

 Entre estos, junto a dos de sus compañeros, había figurado el occiso. Añadió por último que, al anochecer del día anterior, recibió en su oficina un informe de seguridad, señalando avería de una de las cámaras que realizaba el paneo del extremo de la cocina. Lo reportó de inmediato a la empresa operadora del servicio.  Aguardaba la mayor discreción sobre el desgraciado suceso, para atajar daños sobre la imagen del restaurante. Aunque de seguro, dijo al final con cierta sorna, ya estaba atrapado en las tupidas mallas de las redes sociales. Siguió luego la deposición de la  pantrista jefa, Isobel F. quien vino a matizar sensiblemente, lo expuesto por el propietario del establecimiento. A su parecer, igual que al de otros de sus compañeros, no había tal ni tanta armonía en la cocina. De hecho, recordó aquella ocasión, cuando el dueño del restaurante, irrumpió colérico y dijo que las peleas y discusiones, cuando se confeccionaban platos de alta gastronomía para una sofisticada y exigente clientela, era tóxica. Traía, transmitía y vertía, sobre los calderos y, dentro de los hornos, fueron sus palabras, «mala vibra», «energía negativa”. Había exclamado, con enojo, que caldos y estofados, salsas y aderezos, se estropeaban para siempre, cuando sobre ellos caían ácidos de violencia. Sin embargo, horas después y calmada el área, en una especie de taller, admitió que los celos profesionales, el choque de egos eran hasta cierto punto normales. Dijo, con firmeza, y sin duda animado por el licor ingerido en su oficina, que cocinar era una de las bellas artes y los cocineros como artistas que eran, se celaban y reñían. Prosiguió la ronda del interrogatorio al personal que laboró aquella trágica noche.

Fue unánime, toda la «tribu» de la cocina – pues así era como se identificaban a sí mismos-, en torno a la versión original dada por la pantrista de aquella sorda, enconada lucha que se sufría frente a los fogones. El menú para aquella noche fue estructurado sobre tres opciones expresamente solicitadas. Una opción A, del joven chef asesinado Jorge Z. Mejillones guisados en mostaza. Pollo o steak frito en aceite de oliva servidos sobre capa de tallarines y adornados con setas y pimientos rojos. Vino blanco, helado y seco. Torta de almendras. Opción B, a cargo del chef Daniel R.  Espárragos tiernos, blancos y verdes, en vinagreta de jugo de lima, aceite de maíz, y ajíes suaves. Asado negro macerado en ajos, cebolla morada, salsa inglesa, sal gruesa y ron, servido sobre hojas de lechuga y cazuelas de arroz basmati. Flan de chocolate. Vino tinto robusto de la Rioja, o Borgoña. Opción C, del chef Julio T. Cubo de ostras frescas y carpaccio de pulpo con camarones al ajillo. Salmón fresco cocido al horno con champán. Tarta de fresas con helado de vainilla. Vino Cava o champán Brut. Fue este último quien brindó la clave para descifrar y resolver el crimen.


3.- Resolución
Al amanecer del viernes dieciséis de marzo, tras intensa noche de interrogatorios, y descartados presuntos culpables, quedó cerrado el círculo a dos sospechosos. El chef Julio T. dijo que mientras cocinaba sus platos, escuchó una violenta pelea entre sus compañeros. Jorge,  uno de ellos argüía, gritando, que la gente ya no sabía comer. Cuando comían lo hacían borrachos y no tenían paladar para exquisiteces. Lo mismo le ponías un bol de perrarina, inundado de kétchup con unas sardinas envueltas en hojas de plátano, que un pollo o el asado que ahora preparaba. Fue allí cuando sobrevino la desgracia. Daniel explotó. No le importaba la gente sino su plato de asado negro acompañado de arroz basmati. Daniel, ya confeso, y en total impasibilidad, afirmó que la cocina era una de las más genuinas artes como lo afirmó el genio del Renacimiento, Leonardo da Vinci. Él no había cometido ningún crimen. Quien  lo hizo fue Jorge Z., su compañero de trabajo en los fogones. Al haber alterado  la receta original, rociando con salsa de soya el asado negro rompió un antiquísimo  y  sacro principio de la alta cocina. El respeto a fórmulas clásicas. Cometió así, un crimen de lesa gastronomía. Tenía en consecuencia, que pagar por ello.

Fin

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